La lluvia no había dejado de caer durante varios días, era una lluvia suave y constante, lo impregnaba todo y calaba hasta los huesos, ambos hermanos iban bien protegidos con sus capas élficas de Lórien, camuflados en la grisácea luz que los envolvía resultaban casi invisibles, sus botas se adherían sin problemas al terreno fangoso, caminado con ligereza y soltura, dejaban el mínimo de huellas.
El montaraz les seguía arropado en una amplia capa oscura, parecía tener ciertos problemas con el sendero que se había vuelto como un riachuelo resbaladizo y traicionero, Indril le había escuchado maldecir en algunas ocasiones, el hombre no tenía los mismos andares livianos que ellos y acumulaba demasiado barro en sus botas haciéndoles difícil y penoso el camino.
De vez en cuando, Indril se detenía y se volvía para observarlo, le parecía inquietante y le gustaba verlo caminar intentando llevar la compostura para no quedar demasiado atrás de los hermanos elfos.
De pronto un resplandor blanco lo inundó todo, un fogonazo que hizo detener al grupo en seco. Tras la luz, inmediatamente, se escuchó un ruido como si el cielo mismo se hubiera quebrado, un trueno ensordecedor cuyos ecos atronadores fueron retumbando por las empinadas laderas de las montañas hasta perderse en la lejanía. Tenían la tormenta encima.
Indrel se acercó al montaraz, hizo un gesto para ofrecerle su ayuda pero Estel lo rechazó, parecía enfadado consigo mismo y con el tiempo:
-Debemos buscar refugio –dijo Estel pasando al lado del elfo.
-Existe una cueva cerca de aquí, la conocemos de otras ocasiones, es profunda y nos cobijará de la tormenta. –dijo Indrel mientras andaba colocándose por delante de su hermana.
Indril permanecía silenciosa y quieta, seguía mirando a Estel, una leve sonrisa surgió de su rostro cuando el hombre pasó junto a ella, la caperuza no le ocultaba la hermosa cara, sólo la cubría de la lluvia, y él pudo ver sus azules ojos clavados en su persona, la sonrisa picarona. Estel miró de reojo a la elfa, quizás algo turbado por la persistencia de ella, cuando de pronto, otro rayo cayó cerca del lugar y el estrépito del trueno hizo que Indril comenzar a andar tras sus pasos.
La cueva era profunda y oscura, seguía hacia el interior de la montaña, perdiéndose en la negrura de su corazón rocoso. Los tres descansaban un momento y tomaban algo de comida, la tormenta seguía rugiendo afuera y la lluvia caía ahora torrencialmente, a penas si dejaba ver los árboles que rodeaban la entrada del cavernoso refugio. No encendieron fuego, estaba cerca del lugar por donde anteriormente habían penetrado a la guarida de los orcos, y los dos hermanos sabían que casi todas aquellas cuevas se comunicaban, tarde o temprano, en algún tramo del recorrido.
Indrel inquieto y deseoso de entrar en acción se dirigió cueva a dentro para ver hasta donde llegaba, al cabo de un rato volvió con noticias, en el profundo azul de sus ojos una luz brillaba con intensidad, había descubierto huellas de orcos y restos malsanos de aquellas horribles criaturas.
Se adentraron en silencio y con los arcos preparados para ser disparadas las flechas en cualquier momento, Indrel encabezaba el grupo, su hermana entre ellos y Estel en la retaguardia, miraba continuamente hacia atrás.
Hacía ya tiempo que se habían alejado de la entrada y ahora sólo se escuchaba el continuo goteo de las paredes y la espectral luz que el musgo desprendía les servía para seguir adelante; Indrel paró en seco:
-Se oyen voces lejanas, creo reconocer tres diferentes, parecen discutir.
Indril oía lo mismo que su hermano, avanzando un poco distinguió luces, los demás la siguieron y llegaron hasta una bifurcación iluminada por dos antorchas, una de ellas enclavadas en la rocosa pared, la otra sujeta por un orco encorvado y desproporcionado, parecía cojear y se movía de un lado para otro. Los elfos y el hombre se ocultaron en la penumbra oscura del corredor observando la escena.
El orco de la antorcha gritaba enfurecido a los otros dos que no paraban de replicar:
-¡Habéis descuidado la guardia! ¡Idiotas descerebrados…! La vieja quiere todas las entradas cubiertas –el cojo les increpaba moviendo la antorcha de un lado para otro acercándola peligrosamente a la cara de los otros dos.
Uno de ellos llevaba una capa andrajosa y sucia, y el otro algo que parecía una coraza herrumbrosa, el da la capa, algo más valiente, contestaba:
-Solo buscamos algo para llenar la panza, esto es muy aburrido y nadie se acuerda de traernos comida, ¿te acuerdas tú?-Procuraros la comida vosotros, yo no cuido de inútiles que no saben matar a las ratas.
Entonces el de la coraza, más delgado que los otros dos, sacó un chuchillo largo y tan mohoso como la coraza, con un movimiento rápido le cortó el brazo que sostenía la antorcha.
El herido quedó boquiabierto al ver que le faltaba el brazo izquierdo, sacó con más agilidad de la que parecía tener un hacha y le asestó un tremendo golpe en la cabeza, cayendo con toda la cabeza abierta y entre convulsiones murió.
El de la capa viendo venir el hacha para él se apartó y le clavó en el estómago la espada de hoja ancha y oscura. El cojo cayó de rodillas agarrándose la herida con la única mano que le quedaba hasta que se derrumbó sin aliento alguno.
El de la capa se agachó sobre el cojo que empezaba a estar rodeado por un charco de oscura y espesa sangre, le registró los bolsillos buscándole algo, murmurando entre dientes y lanzando maldiciones se levantó, miró a su compañero y dijo con voz ronca:
-Yo me largo, que venga la vieja a vigilar, asquerosa…
Y dicho esto se lanzó en una carrera por el túnel de la izquierda. El camino, salvo por los dos cadáveres de los orcos, quedó despejado. Tomaron el pasillo contrario por el que se había encaminado el orco superviviente; Indril pasó con sumo cuidado para no rozar los cadáveres, le repugnaban aquellos seres, pero no se sintió mejor al adentrarse en el nuevo túnel, oscuro, húmedo y maloliente.
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2 comentarios:
Estoy deseosa de saber qué les depara ese túnel oscuro, húmedo y maloliente y por supuesto de ver si pasa o no pasa algo entre Estel e Indril. Por cierto, los nombres de los personajes me parecen muy acertados. ¡Enhorabuena! Te sigo leyendo.
Espero que Estel tenga la decencia de acordarse de Undomiel y no dar alas a su admiradora Eldar.;-)
Respecto a los Orcos si mantienen esta actitud canibal y guerra civilista pocos quedaran para los arcos de Indrel o Estel. jejeje
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